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30 de abril de 2017

Literatura argentina: la Generación del ochenta

Literatura argentina: la Generación del ochenta

Si se toma como eje de referencia crono­lógica el año 1880, se advierte con facili­dad que sobre el mismo confluye una serie de acontecimientos de decisiva gravitación en la historia política y social del país. Es el año en que la capitalización de Buenos Aires resuelve el viejo y enconado pleito entre provincianos y porteños; el año en que el general Roca, con su reciente campaña del desierto, asume la Presidencia de la República, inau­gurando un período de estabilidad institu­cional. Estas circunstancias volvieron más compleja la sociedad, acele­raron la división del trabajo y permitieron que un público incipiente empezara a juz­gar a la literatura como una función no necesariamente vinculada a la actividad po­lítica de los escritores.

Los escritores, en consonancia con este cambio de frente, tra­bajaron con mayor asiduidad en campos en que la autonomía del hecho literario pug­naba por volverse evidente, y se mostraron de más en más sensibles a las observacio­nes de la crítica y al dictado de los gran­des modelos de la literatura europea.

 Ya en 1884, Paul Groussac pudo sorprender al­gunos rasgos generacionales en la actitud y en la obra de Goyena, de Del Valle, de Gutiérrez, Wilde y Cané; "Saben a fondo el arte de escribir; tienen erudición y  chis­te; la carga les es ligera, un poco refinados, algo descontentadizos e irónicos; con el talento a flor de cutis,  prefieren  escribir una página que un libro , conversar un libro que escribir una página. De ahí una dispersión a los cuatro vientos del periodismo o de la conversación".

 A estos rasgos pueden agre­garse la fuerte pasión evocadora, tan visible en las obras de Mansilla, de Cané, de José Antonio Wilde, de Vicente C. Quesada, y el afán de testimoniar el violento proceso de cambio que sufría el país, presente en la novelística de Lucio V. López, Cambaceres y Ocantos.


En otra línea de esfuerzos, y co­mo un indicador más de la amplia gama de intereses en que buscó expresarse esta generación, debe señalarse la particular fle­xibilidad con que intentaron reelaborar las ideas científicas en boga. Este cientificismo alimentó, indiscutiblemente, el curioso brote de literatura fantástica presidido por las obras de Eduardo Ladislao Holmberg, co­mo también las laboriosas adaptaciones del naturalismo zoliano, bien reconocibles en las novelas de Argerich, Podestà y el ya citado Cambaceres.

 Admitidos estos elementos com­plementarios a la caracterización inicial de Groussac, no debe entenderse, sin embargo, que la misma alcanza a cubrir la totalidad de la producción literaria de los años in­mediatamente posteriores a 1880. El caso de Eduardo Gutiérrez, con los popularísimos folletines Juan Moreira, Hormiga Ne­gra, Santos Vega y otros, debe conside­rarse, sin duda, como el de un fenómeno marginal al proceso descripto como típico de la misma generación.

Fuente: Prieto, Adolfo: Diccionario básico de literatura argentina; Bs.As., Capítulo, 1968


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