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11 de diciembre de 2017

ANÁLISIS DE Macbeth, de William Shakespeare

Algunos pensamientos idealistas propios de la Edad media aún seguían resonando en las mentes de los isabelinos. A pesar de las distancias temporales y de los avances de otros países de Europa, Inglaterra no había abandonado cuestiones propias de esta edad y es por eso que su “Cosmovisión” coincidía en muchos aspectos con la medieval.
                   En el libro La Cosmovisión Isabelina, El autor Stephen Tillyard desarrolla la idea que será el fundamento del pensamiento isabelino y es  precisamente el concepto de orden cósmico: “La concepción de orden se da por sentada hasta tal punto, forma parte tan importante de la mentalidad colectiva, que apenas si se le menciona (…)”.[1]
            Esta concepción es teocéntrica. El mundo entero en todos sus niveles, el universo,  los seres vivos y la sociedad, forman parte de una sola unidad creada por Dios. Este orden único, era abordado por los isabelinos mediante tres aspectos: una cadena con jerarquías, una serie de planos correspondientes entre sí y por último una danza cósmica.
            La estabilidad del mundo isabelino consistía en esta idea de orden. Como cadena el orden se presentaba de manera vertical. La parte superior de esta cadena se encuentra en el cielo, que tiene como exponente máximo a Dios seguido por sus ángeles (con todos sus rangos). El hombre sigue esta jerarquía como el eslabón fundamental de la cadena ya que bíblicamente fue hecho a imagen y semejanza divina, coronado de gloria y honra fue hecho un poco menor que los ángeles y a él se le dio el poder para gobernar y sojuzgar la tierra con todo lo creado en ella (animales, plantas y minerales en último lugar de esta cadena). El arquetipo del hombre en la tierra es el Rey.
            Siempre que los eslabones de esta cadena funcionen armoniosamente y de manera interdependiente, el orden iba a perdurar sobre la tierra. De no ser así irrumpiría el caos como producto de la alteración o ruptura de alguno de estos eslabones.
            Según Tillyard a los isabelinos: “Les obsesionaban el temor al caos y el hecho de la mutabilidad (…)”[2] . Para ellos el caos representaba el estado anterior a la creación cuando la tierra estaba desordenada y vacía.

            En Macbeth de William Shakespeare se puede ver claramente esta idea de cadena del ser. El rey Duncan  es el encargado de gobernar Escocia y mientras esto sucede el orden impera en este país. Los demás seres le deben admiración, respeto y honra.
            “Macbeth: El servicio y la fidelidad que os debo están bien premiados con la satisfacción que me causan. Vuestra grandeza tiene derecho a nuestros deberes, y vuestros deberes son para nuestro trono y para el estado (…)”[3]

Por sus méritos nobles y dignos Macbeth recibe el título de thane de Cawdor por manos del mismo rey y mientras estas jerarquías se respetan hasta la naturaleza se manifiesta de forma armónica. En la escena VI del primer acto, cuando el rey junto con Banquo se acercan a la morada de Macbeth para hospedarse, se pronuncian las siguientes palabras:
            “Duncan.- Los blandos nidos de la golondrina (…) demuestran que el hábito de los cielos acaricia amorosamente a este castillo. (…) el aire es siempre suave y delicado” [4]
Este ejemplo incluye también la idea de orden como una serie de planos correspondientes, dispuestos uno debajo de otro por orden de dignidad. Los cielos se manifiestan amorosos hacia Macbeth, al igual que el rey, y esto muestra la correspondencia del hombre con el cosmos.
            Cuando el héroe empieza a albergar, a causa de las brujas, la ambición al trono y la idea de tomarlo por sus propios medios, este apela a que la naturaleza no sea testigo de su degradación, por eso dice:
            “Macbeth: (…) Estrellas, ocultad vuestros fulgores. No vea vuestra luz mi profunda y sombría ambición.” [5]
 El hombre isabelino sabe que la luz y las tinieblas son incompatibles, por eso Macbeth sabe que el está en sombras y no quiere que los astros celestes juzguen sus maléficos actos.
La misma noche en que Macbeth y su esposa planean llevar a cabo su plan, los cielos demuestran su correspondencia con el estado civil en el que se estaba por encontrar Escocia. La esfera celeste concordaba con la oscura situación  que se estaba por vivir.
“Banquo.- Toma mi espada Fleance. Parece que el cielo hace economía, pues no brilla ninguna estrella.” [6]
Al romperse uno de los eslabones de esta cadena, el caos invadía el mundo isabelino y las consecuencias  eran funestas.  La correspondencia entre los cielos, la naturaleza y la discordia civil en el estado se hacían presentes a causa de la ruptura. Es por eso que luego del asesinato del rey por las sucias manos de Macbeth y su esposa, el personaje de Lenox dice lo siguiente:
“Lenox.- ¡Que noche tan horrible! El viento ha derribado las chimeneas de los aposentos donde dormíamos, y se han oído gemidos en el aire, extraños gritos de muerte, voces profetizando con acento terrible grandes trastornos, confusos sucesos que presagian desgracias. El ave de las tinieblas ha cantado toda la noche. Algunos dicen que la tierra ha tenido fiebre y ha temblado.” [7]
Así también los animales representan este caos. Animales dulces y hermosos como los caballos de Duncan, se volvían salvajes, como si quisieran hacerle la guerra al hombre.
De la misma manera se ve la correspondencia entre el hombre como microcosmos y el macrocosmos. Los desastres naturales en el exterior y los desastres espirituales en el interior de Macbeth y su cómplice ya que su última condición es la locura.
“Lady Macbeth.- Hay actos en los que no se debe pensar una vez cumplidos. De lo contrario, perderíamos la razón.
Macbeth.- Me ha parecido oír una voz que gritaba: “¡No dormirás más! Macbeth ha asesinado al sueño! (…)
Lady Macbeth.- ¡Es que deliráis!” [8]
El rey como representante máximo de Dios en la tierra, había sido destronado mediante la brutalidad y la ambición. Lo sagrado había sido profanado. El estado de alteración y descontrol está bien ejemplificado en la voz de los súbditos fieles del rey:
“Macduf.-El espíritu de destrucción ha consumado aquí su obra maestra. El más sacrílego asesino ha destrozado el templo del Señor y arrebatado la vida que lo animaba.”
Macbeth.- ¿Qué decís? ¿La vida de quién?
Lenox.- ¿Habláis de Su majestad?” [9]
Como cruel asesino e hipócrita actor, Macbeth ante estas palabras finge no saber nada y en ese empeño hasta aparenta desconocer  el lugar que ocupaba el rey como figura sagrada. Pero la voz de alarma, desconcierto y desesperación es aún mayor, y se escucha:
            “(…) ¡Alerta! ¡Alerta! ¡Despertad todos! ¡Que toque la campana a rebato! ¡Traición! ¡Traición! (…) Levantaos, y ved una imagen del juicio supremo. Malcom, Banquo, levantaos como el seno de vuestros sepulcros, y corred lo mismo que espectros para asemejaros a este horror.” [10]
            La tragedia de Macbeth, producto del pensamiento isabelino de Shakespeare, en varios aspectos se diferencia o se asemeja con los conceptos de Tragedia Clásica.
            Uno de los principios básicos de la tragedia clásica es la regla de las unidades. Interpretada en el Renacimiento, a partir del libro Poética de Aristóteles, como una prescripción cuando su origen y finalidad simplemente había sido una descripción. Es por eso que los autores críticos convienen en llamarla: regla pseudo- aristotélica de las unidades.
Esta regla constaba de tres conceptos ligados por relación de consecuencias. La unidad de acción, como única línea de intriga. La unidad de tiempo, el tiempo diegético debía transcurrir en el lapso de 24 hs. Por último, y en consecuencia, la unidad de lugar, no había desplazamientos; la acción de la obra transcurría en el mismo lugar.
            El autor crítico Mario Praz afirma: “El gusto popular contribuyó, por lo tanto, a que el drama inglés se sustrajera a las unidades de tiempo, lugar, y acción (…)[11]. El “corsé de las unidades, tan estrictamente observado (…)”[12] según Josephine Bregazzi, ya no regía en el teatro isabelino. Es por estas razones que tampoco regirá en Macbeth.
A pesar de que  en el teatro isabelino se trabajaba con un escenario elemental, y no existían las grandes escenografías, había enorme libertad de acción. El mismo discurso de los personajes construía la ilusión escénica. Por eso en Macbeth, los hechos ocurren dentro y fuera del castillo, dependiendo de las circunstancias, y mediante la voz de los personajes el espectador se situaba en estos lugares. Una vez llegado al yermo en donde habitaban las brujas, Macbeth dice que nunca en su vida había visto un lugar tan sombrío y tan hermoso al mismo tiempo.
 La unidad de tiempo tampoco se cumple. Si bien no se hacen mayores referencias cronológicas, se puede inferir que desde el comienzo de la obra con la primer aparición de las brujas en medianoche, pasando por la noche trágica de la muerte del rey, hasta la segunda aparición de las mismas (Macbeth las llama “negros fantasmas de medianoche”) pasan varios días.
En lo que respecta a la unidad de acción, Aristóteles planteaba: “La unión estructural de las partes del argumento, siendo la imitación de la acción completa y entera, debe resultar tal que si alguna de esas partes es transpuesta o suprimida, el todo que compone se verá perturbado o distorsionado.” [13]
Esta unidad argumental también se transgrede. En la obra no es posible marcar una sola línea, ya que esta se presenta quebrada por distintas escenas incluyendo acciones subalternas, que en caso de suprimirse no afectarían el argumento central. Esta fractura se ejemplifica en la escena en que aparece por primera y última vez Lady Macduff dialogando con su precoz hijo antes de que sean asesinados. También se ve en la escena en que Lady Macbeth, ya sumida en la falta de cordura,  hace su aparición inesperada mientras el doctor y una dama presencian su solitaria conversación.
            La tragedia clásica también presentaba un héroe en el que convivían una serie de atributos fijos. Aristóteles define a este personaje de la siguiente manera: “(…) No resulta ser extremadamente virtuoso ni justo y que es abatido por la desdicha pero no ya en razón de sus vicios o maldad, sino como consecuencia de un error de juicio o de una debilidad.” [14]
Este  atributo definido como “error de juicio” o fallo moral del héroe, se conoce con el concepto griego de Hamartía. Es este primer error o pecado lo que desencadena un segundo atributo que es la Hybris, entendido como desmesura, soberbia, arrogancia, obstinación o empecinamiento del héroe que persiste en una conducta que desencadena la tragedia.
El héroe Macbeth, era apreciado por el pueblo y por el mismo rey como “Valeroso y digno caballero” por haber acabado con la sublevación de Macdowald. Es Duncan quién lo condecora con el título de thane de Cawdor y le dice que ve en él la noble planta que él plantó y hasta se compromete a hacer crecer esa planta. Pero este mismo héroe es quien se convierte en villano por albergar en su ser la ambición desmesurada que acaba en desastre.
Es pues la hamartía de Macbeth el elegir creer a estas hermanas fatídicas, seres sobrenaturales que lo proclaman, en primer lugar, thane de Cawdor, cuando no lo era, y futuro rey.  Por eso cuando las brujas desaparecen él dice:
“No os alejéis (…) Decidme de dónde os ha llegado esa extraña información. ¿Por qué nos detenéis con vuestras felicitaciones proféticas en esta angosta llanura? Hablad: yo lo quiero.” [15]

En contraposición se presenta el discurso de Banquo, quien lo acompañaba. Este personaje es testigo de los mismos presagios de las brujas pero los toma de otra forma. Banquo se manifiesta tranquilo, escucha las mismas palabras, pero en vez de creer reflexiona:
“Banquo.- (…) ¡Que profecía tan extraña! Muchas veces, para atraernos a un abismo de perdición, esos instrumentos de las tinieblas nos profetizan hechos verdaderos. En otras ocasiones nos seducen con fútiles bagatelas, cuyas consecuencias pueden ser funestas” [16]
Es Macbeth quien quiere creer, y con esta elección comienza a germinar en su corazón la idea de asesinato, aunque en un momento pareciera ser que desistiría de este sedicioso proyecto:
“Macbeth (aparte).-Si la suerte ha decretado que sea yo, que se me corone sin que yo tenga parte en esto.” [17]
No mucho tiempo después, cuando Duncan menciona que Malcom sería su sucesor como Príncipe de Cumberland, esta semilla se asienta y comienza la fatalidad:
“Macbeth (aparte).- ¡Príncipe de Cumberland! Este es un peldaño que debo subir, o mi caída es cierta, pues representa un obstáculo en mi camino.” [18]
Por estas razones, a diferencia del héroe clásico, este fallo moral no está basado en la ignorancia o desconocimiento, sino en una forma de ejercer la libre voluntad que todo ser humano tiene. Es el héroe quien elige deliberadamente, creyendo que está ejecutando la supuesta profecía que estos extraños seres le habían confiado.
De esta raíz surge la hybris en el héroe. Esta cólera es acrecentada por su esposa, Lady Macbeth, que enterada de este presagio no duda en influenciar a su marido para que lleve a cabo en actos aquello que en su pensamiento ya había sido ejecutado. Este mismo personaje no sólo le infunde coraje a Macbeth para que realice el asesinato sino que antes de verlo invoca a los espíritus maléficos para que la ayuden:
“Lady Macbeth.- (…) Venid a convertir en mi seno de mujer la leche en hiel. Venid, ministros del crimen, de allí donde os halléis esperando bajo invisibles sombras las horas de hacer mal (…)”[19]
A pesar de estas funestas influencias, la desmesura en Macbeth es propia de su espíritu ambicioso. Él era consciente de que la empresa que emprendía no estaba aprobada por el cielo. Sabía que sus intenciones eran obscuras, impropias de un alma noble, y producto de la bajeza moral.
“Macbeth.- (…) Mi proyecto es como un corcel que espoleo con mi desmedida ambición y que me arroja en su ímpetu por encima de la silla. (…)”[20]
En ciertos momentos el héroe se ve advertido por su propia conciencia, por la naturaleza, y hasta por otros personajes, como en el caso de su diálogo con Banquo:
“Macbeth.- Si queréis asociaros a mis proyectos cuando estén en sazón, no perderá nada vuestro honor.
Banquo.- Si no he de perder el honor al tratar de acrecentarlo, y si puedo conservar mi corazón libre y mi deber sin mancha respecto de mi soberano, seguiré gustoso vuestros consejos.” [21]
A pesar de esto Macbeth sigue empecinado en su decisión junto a su esposa, comete el regicidio, se viste de rey y a partir de ahí comienza su tiranía que lo hunde más y más en la miseria. A esto le sigue una secuencia de asesinatos con el fin de seguir ejerciendo esa ambición.
 El delirio se hace presente al ver a aparecer el espíritu Banquo (asesinado por su mandato)  y finalmente es este mismo presagio, en el cual había decido creer para llegar a la corona, el que lo sumerge en la más honda pobreza de alma y lo acompaña hasta su muerte.
Finalmente el orden quebrantado que se mencionaba al principio se ve restaurado mediante la sed de venganza, que encarnada en Malcom y ejecutada por Macduff, logra derrotar al tirano con  su decapitación final. De este modo, queda abiertamente demostrado que la justicia divina triunfa por sobre la inmoralidad del ser humano.

“Macbeth lo ha infringido, violado y roto todo y estos excesos acaban por sublevar a la misma naturaleza, la cual, cansada de soportar tanto, pierde la paciencia y entra en acción contra Macbeth. La naturaleza, hecha alma, lucha contra el hombre, hecho fuerza"[22]

FUENTE: CÁTEDRA DE LITERATURA EUROPEA
UNIVERSIDAD NACIONAL DE LOMAS DE ZAMORA
BUENOS AIRES







[1]Tillyard S., ( 1984) La Cosmovisión Isabelina, México, Fondo de Cultura Económica. Página 23.
[2]Ibídem. Página 32.
[3]Shakespeare W.,(2007) Macbeth, Buenos Aires, Galerna. Página 51.
[4] Shakespeare W.,(2007) Macbeth, Buenos Aires, Galerna Página 54.
[5]Ibídem. Página 51.
[6]Ibídem. Página 60.
[7]Ibídem. Página 65.
[8]Shakespeare, W (2007) Macbeth, Buenos Aires, Galerna Página 62
[9]Ibídem. Página 65
[10]Loc. cit.
[11]Praz, M (1975) El aporte del Renacimiento (1516-1579), en La literatura inglesa, Buenos Aires, Losada Página 81.
[12]Bregazzi, J (1999) Textos y géneros dramáticos, en Shakespeare y el teatro renacentista inglés, Madrid, Alianza Página 47.
[13]Aristóteles, (2005), Poética, Buenos Aires, Gradifco, Página 67.
[14] Ibídem.Página 77.
[15] Shakespeare, W (2007) Macbeth, Buenos Aires, Galerna Página 48.
[16]Shakespeare, W (2007) Macbeth, Buenos Aires, Galerna Página 49
[17]Loc. cit.
[18]Shakespeare, W (2007) Macbeth, Buenos Aires, Galerna Página
[19]Ibídem. Página 53.
[20]Ibídem. Página 60.
[21]Ibídem. Página 53.
[22]  Prólogo de Macbeth tomado del estudio W. Shakespeare por Víctor Hugo. Buenos Aires, Galerna Página 30.

17 de septiembre de 2017

Análisis de la Odisea de Homero: algunas contradicciones

Análisis de la Odisea de Homero: algunas contradicciones

 La  Odisea se presenta como un canto  épico  entre tantos extraídos  del  amplio  repertorio  de la guerra  troyana.  El  relato  sobre  el  fin de Agamenón con el cual Zeus inicia la discusión entre los dioses, que decidirán autorizar la repatriación de  Odiseo,  resume sucesos que eran narrados en un poema del ciclo épico, los Retornos (Nostoi), que abarcaba también las aventuras  de  Menelao y de otros combatientes  de la guerra troyana. 


Pero este poema, que en sólo cinco libros relataba el retorno de muchos héroes, no podía compararse, por  la  riqueza del material y la complejidad de su estructura, con nuestra Odisea, que en veinticuatro libros narra los hechos de un solo héroe. Desde el primer verso ("Cuéntame del hombre rico en astucias...") la poesía de la Odisea se revela como esencialmente diferente de la observada  en la Ilíada. El tema ya no es una acción con muchos personajes, sino la historia de un personaje que pasa por muchas aventuras. El hombre situado  de esta manera directa en el  centro  de variados sucesos deberá surgir con una personalidad  más nítida que la de los personajes de la llíada, que eran guerreros puros.

Muchas referencias a la guerra pasada nos aseguran que este Odiseo es el mismo que hemos conocido  en Troya.  Pero sólo aquí se nos aparece con esas cualidades -astucia y tenacidad - que conservará en toda la literatura   posthomérica.   Es  por  esto  por lo que el guerrero de la Ilíada ha sido identificado con personajes poéticos muy diversos. Ante todo, ha asumido el papel,  propio del folklore de varios países,  del héroe al que se cree muerto,  después  de  una larga ausencia, pero que vuelve a su casa disfrazado, es reconocido por el hijo y finalmente se venga de los pretendientes de su mujer.

El tema del retorno aparece liberado  de los esquemas menos verosímiles del folklore y desarrollado en el marco de una comunidad -Ítaca-, descrita de una manera muy nítida y realista. En los cuatro primeros libros -la "Telemaquia", que son de origen relativamente tardío y en los que Odiseo todavía no aparece- se establecen firmemente los vínculos con el ciclo troyano, especialmente con las figuras de Néstor y Menelao.  

La sociedad pacífica que aquí se expone de manera completa, con todos sus encuadres actividades económicas, animales domésticos,  etc., también  está  gobernada  por un rey y una asamblea popular. Pero,  ese momento  es inestable, porque  el rey está  lejos y quizás ha muerto, la asamblea casi no  se reúne y  no tiene muchos  poderes. Mientras, un grupo bastante fuerte de privilegiados quiere que uno de los suyos despose  a  Penélope  y  suceda  a Odiseo.   A ellos se opone solamente la resistencia de Penélope  y  de  Telémaco,  quien  se hace adulto y revela una insospechada da energía.

El retorno y la venganza de Odiseo se relatan  de  una  manera  circunstanciada   y realista.  Odiseo demuestra paciencia -virtud insólita en un héroe épico- en su frecuentación del campo enemigo, en las alianzas realizadas con los modestos personajes que  le  han  permanecido  fieles  y  en  la elaboración de planes de acción.  
En esta tendencia realista, el poeta supera, aunque no del todo, el esquematismo del relato popular,  mediante  la linealidad de la trama y la contraposición neta del bien y el mal. En el folklore, los enemigos del que vuelve de la guerra son usurpadores y la justeza de su castigo está fuera de discusión.

 Homero nos presenta un grupo de aristócratas bastante pacientes -también ellos- que no sustituyen al señor ausente en sus funciones, sino que se limitan a darse buena vida en su casa; actitud que no es muy grave, porque la casa del señor es un lugar de representación semipúblico y abierto a los jefes menores de la comunidad. Por lo demás, piden solamente que se nombre un sucesor a Odiseo respetando todas las formalidades. Penélope y Telémaco, aunque molestos por la  insistencia y la poca urbanidad de los pretendientes, logran con éxito impedir toda usurpación irreparable.

Todo esto se explica en largas escenas de diálogos  y  asambleas,  en los  cuales  cada uno expone sus razones y de las que resulta  que  Odiseo,  cuando  reaparezca,  podrá hacerse restituir  sin dificultad, por el pueblo,  los  bienes  consumidos   ( XXIII  356-357) y además, los pretendientes estarán también dispuestos a entregarle amplias indemnizaciones (XXII 54-59) .

 Odiseo es juicioso y civilizado.  No  está movido  por un odio ciego y llega a pensar que alguno de los pretendientes merece el perdón; por ejemplo,   cuando   les   pide  para   ponerlos a  prueba  (XVII  360-368)  o  cuando  alaba  a  uno  de  ellos,  el  cortés  Anfinomos, y le  advierte que no  esté  con  los otros  en el momento de la venganza  ( XVIII  143- 156) . Pero más tarde los mata a todos. La conclusión es la de la fábula, que no prevé la reflexión ni  la evaluación de las culpas individuales.  Pero  después   de  la  matanza, el poeta  recuerda  que  en  un  mundo real los asesinados dejan a su vez vengadores, tanto que en el libro XXII  Odiseo, reducido a la defensiva,  toma  precauciones que quizás  no  bastarían  si,  finalmente,  en el último libro, Atenea no resolviese  todo con una  intervención  milagrosa.

Este último canto contiene también un resumen del poema que en dos puntos importantes contradice el curso real de los acontecimientos, es decir, contiene referencias a versiones  no  incorporadas  a  la Odisea.  En el Hades, el alma de uno de los pretendientes, Anfimedonte, relata lo sucedido a Agamenón. Durante la ausencia de Odiseo -le dice entre otras cosas ( XXIV 128-50 )-, Penélope prometió casarse nuevamente cuando hubiese terminado de  tejer  el sudario de Laertes; pero de noche deshacía el trabajo realizado durante el día, y  durante tres años engañó de este modo a los pretendientes. Estos descubrieron por fin  la treta y la obligaron a terminar la tela, pero justamente en  ese  momento  volvió  Odiseo. Se trata de otro motivo folklórico; una persona sobre la  cual pesa  una  amenaza  que se concretará al terminar cierto trabajo, deshace de noche lo que hace de día: finalmente se la descubre, pero en el momento supremo llega la salvación inesperada. En la Odisea, no se produce esta coincidencia maravillosa. Se cuenta la historia de  la  tela otras dos veces; la cuentan Antínoo II. 87- 110) y la misma Penélope (XIX, 1:37-1.56: en  ambos  casos  el  descubrimiento  del   engaño  se produce un poco antes de la llegada de Odiseo, y extrañamente los pretendiente no han obligado a Penélope a mantener su promesa. El poeta no quiso renunciar a este motivo, pero prefirió no  utilizarlo  en la trama.

Aufimedonte relata  también   ( XXIV-167-s.) que Penélope es incitada  por  Odiseo  a  proponer  la  prueba  del  arco  que  provoca   la matanza.  Homero,  en cambio,  había  dicho claramente  que  el  proyecto  fue  concebido exclusivamente   por   Penélope   (XIX   570- 581).   La   contradicción  sería  de  poca  importancia  si no pusiese en tela  de juicio  un momento  fundamental de todo el poema:  el del  reconocimiento  de  Odiseo  y  Penélope. En  nuestro  poema,  éste se produce al final, en  el  libro  XXIII.   Para  Anfimedonte  evidentemente   se  ha   producido antes de   la prueba  del  arco:  el poeta  que compuso  su narración  tenía  en  mente  otra  versión,  en la  cual  se  anticipaba  el  reconocimiento  y los  dos  esposos  actuaban  de  común  acuerdo.  Algunos  pasajes  del poema revelan,  en realidad,  que  Homero  conocía  esta versión pero  quiso retardar  el reconocimiento  hasta lo último.

Ya en el libro XVIII Atenea inspira a Penélope la idea de presentarse con todo su encanto ante los pretendientes y de halagarlos mostrándose dispuesta a casarse nuevamente, a fin de "ser honrada ante el esposo y el hijo más de lo que lo  había sido antes" (v. 161 ag.). Cuando ella halaga a los pretendientes, Odiseo la oye y en realidad, experimenta gran alegría. Sin embargo, no puede conocer las verdaderas intenciones de Penélope y no tendría por qué alegrarse. En esta escena,  se supone que el reconocimiento ya se ha producido y que la aparición de Penélope fue concertada entre ambos.

En el libro siguiente, el desconocido Odiseo, que debe ser lavado por una criada, pide a Penélope que lo haga  una  mujer vieja y fiel: la elección  no  puede  recaer sino sobre Euriclea, la única criada que puede reconocerlo y que lo reconocerá con certeza porque lleva sobre la pierna una cicatriz inconfundible. Aquí Odiseo parece decidido a darse a conocer; sin embargo, durante el lavado de los pies vuelve la cabeza hacia la sombra, aunque inútilmente, para que no se lo reconozca ( XIX 389-391) . Esta escena, contradictoria por lo demás, difícilmente puede haber sido compuesta para un personaje modesto como Euriclea. También aquí, la intención de dejar a Odiseo en el incógnito hasta el final se superpone a una trama que llevaba al reconocimiento precoz.

Cuando luego Penélope anuncia al marido desconocido  que propondrá  a  los  pretendientes la prueba del arco para decidir con quien volverá a casarse (IX 570-581), Odiseo  debería   pensar   que  ella  quiere   realmente  ceder,   pero la   estimula  a  realizar   el plan y tiene buenos motivos para hacerlo, pero  no  tendría  mucho  de  qué  alegrarse al ver que justamente entonces Penélope ha renunciado a la esperanza de volver a verlo y  abandona la resistencia.  Todo sería más simple si los dos actuasen de común acuerdo, como cree recordar Anfimedonte en el último libro; pero al retardar el reconocimiento, el único pretexto para introducir la iniciativa de Penélope, la decisión de volver a casarse, es justamente lo que más debería disgustar a Odiseo.  También aquí se obtiene un resultado poético con un pequeño renunciamiento al rigor lógico.

A través de estos indicios podemos sorprender a Homero en su trabajo de elección y combinación de  materiales  preexistentes. Más que censurar las incongruencias, sólo reconocibles en un examen muy atento, conviene admirar la sustancial unidad poética de la Odisea. La originalidad de Homero aparece sobre todo en estas partes que hemos examinado, en el retorno y la venganza, unidas  al ambiente real del palacio de Ítaca, pero también en las peregrinaciones de los libros V-XIII pues, aunque fabulosas, son vividas y observadas con el mismo  espíritu  crítico.

La fusión de  materiales  tan  heterogéneos se obtiene, ante todo, gracias al valioso instrumento de la lengua y de la técnica épica, capaz de refundir y asimilar en la familiar atmósfera heroica hasta lo inaudito y fantástico. Epítetos y fórmulas que  se aplicaban antes al ambiente limitado de la guerra de Troya valen ahora, con pocas modificaciones, para un mundo encantado que se extiende hasta la ultratumba.  Los gigantes, los magos y los hados, que hablan el lenguaje de  Aquiles y de Héctor, parecen remotos, pero no totalmente extraños a la realidad y a la historia.

Además, al exponer diversos sucesos que se desarrollan en todos los niveles de la vida humana, desde las cortes principescas hasta los antros de los monstruos y las chozas de los porquerizos y pastores, el poeta no sólo refleja una realidad más diferenciada de aquella encerrada en la lejana llanura de Troya, sino que también multiplica las referencias a la vida cotidiana que tiene ante sus ojos.  Las  famosas  comparaciones,  que en la Ilíada suministran algunos  atisbos sobre la existencia cotidiana, en la Odisea son mucho más raras, como  si el nuevo poeta sintiese en menor grado la necesidad de introducir estas pausas descriptivas en un relato que  no ignora los espectáculos de la naturaleza y las fatigas de los seres humildes.

 Odiseo

Si la fama de Odiseo y su anterior actividad de combatiente en Troya garantizan la existencia casi  histórica   del  protagonista,   sus viajes por mar, que parecen una pura evasión hacia la fantasía, sirven para desvincular al personaje de los presupuestos rígidos y arcaicos de la tradición iliádica y para enriquecerlo humanamente, introduciéndolo en  una  esfera ideal pero existente,  que tiene sus  bases tanto en el folklore como  en la civilización contemporánea. El resultado es un Odiseo movido por estímulos interiores más complejos que los que guiaban a los héroes de la Ilíada.

La curiosidad, la astucia, la audacia, la prudencia que se perfeccionan frente a hechos nuevos, imprevisibles y más inquietantes que la aparición directa del enemigo en armas  en  el  campo  de  batalla,  han  sido atribuidas con razón  a las actitudes de los griegos que, desde el siglo VIII a.C. en adelante,  partieron de  la  madre  patria  hacia todas direcciones para buscar posibilidades comerciales y sobre todo, nuevas sedes para fundar colonias. Pero ya en su patria, mirando a su alrededor y meditando sobre sí mismos, los griegos debían desarrollar la curiosidad, el gusto o el temor por lo nuevo, y pensar métodos para afrontar situaciones insólitas y sorprendentes. Las relaciones sociales se complicaban, mientras que los horizontes geográficos se ampliaban. Para moverse con un mínimo de seguridad era menester poseer una naturaleza "versátil" y  "paciente".
No se está seguro de encontrar en el prójimo la imagen de sí mismo. Frente al desconocido, y también frente al pariente y al amigo, es necesario primero indagar con cautela y no descubrirse de inmediato. La audacia y la astucia controladas por la prudencia nacen de un sentido fundamental de inseguridad. No se está seguro ni de sí mismo. Telémaco sabe que es el infeliz hijo de un desventurado. Quisiera alcanzar la felicidad familiar, y en este deseo llega a poner en duda su nacimiento, como en un intento de liberarse de su condición; a Atenea  que, bajo  el  aspecto  de  Mentes,  le pregunta si es realmente el hijo de Odisea, responde   (Od.  1 214-218):

También yo, ¡oh huésped!, te responderé con sinceridad.
M i madre dice que lo soy, pero yo no lo sé. Nadie puede conocer su linaje por sí mismo.
¡Ojalá  fuese  hijo  feliz de un hombre que envejeciese rodeado de sus riquezas!

Odiseo emplea tanta sagacidad, diplomacia y humildad simulada en ocultar su identidad que cuesta reconocer en  él a uno  de los impulsivos héroes de la Ilíada. El arte de la ficción se convierte en un refinado juego humorístico  en el encuentro con Eumeo (Libro XIV ) . Odiseo, falso mendigo, anuncia vagamente al porquero que quizá podrá darle noticias de su patrón, es decir, de sí mismo.

Numeo responde inmediatamente que no acepta estas noticias, pues ya han pasado por  Ítaca muchos embusteros. Odisea insiste y acicatea la curiosidad del porquero con algunas alusiones a la venganza próxima, pero el otro lo invita a cambiar de tema . Odiseo improvisa uno de sus relatos falsos y agrega hábilmente las noticias no solicitadas sobre sí mismo, noticias también  falsas.   Numeo  se  siente  conmovido por el relato, pero rechaza  su última  parte. La riña continúa hasta que Odiseo, con otro relato  bélico  del  cual  es  protagonista  él mismo, logra astutamente hacerse  dar  una capa.  Pero  Eumeo le advierte que deberá restituirla al día  siguiente.


Esta actitud compleja, hecha de circunspección y de cautela unida a la osadía, en la defensa de los propios intereses, es una virtud del hombre que vive en la edad incierta del pasaje de la democracia primitiva al Estado político aristocrático. En sus nuevas formas de solidaridad, este Estado garantiza más autonomía y libertad a los individuos, al menos a los que tienen éxito, pero al mismo tiempo los  aísla  y los  enfrenta. Si antes, en las condiciones del medioevo helénico, cada uno se hallaba incorporado por nacimiento a un sistema relativamente simple y estable de relaciones gentilicias, en el cual cada grupo actuaba frente al exterior como una unidad compacta, ahora, antes que la aristocracia se organice sólidamente en clase dominante , el individuo debe tratar por sí mismo de construir o mantener  su  sistema  de relaciones.
La poesía épica está a punto de convertirse en un medio anacrónico de  entretenimiento.   En  todo caso,  sus relatos  parecen  demasiado unidos a un pasado que es un puro y vago recuerdo.  La Odisea, con su aparente evasión  al mundo  de la fábula  y  su efectiva adecuación  al espíritu contemporáneo, roza  ya  las posibilidades extremas de una épica moderna.  Con el surgimiento del individuo dedicado a desarrollar su  iniciativa  en  una  época  de rápido  progreso,  el mismo oficio de poeta debe renovarse.  La poesía  épica era  elaborada por la  corporación de los aedas para  un  público estable, y se la trasmitía en medio de una sociedad que se  transformaba  con  lentitud.
Con Homero y con la forma del gran poema, ha llegado a una síntesis grandiosa, pero también a su punto final. Ahora el poeta se convierte en un creador autónomo, su mundo es efímero y su público mutable. Se inspira en lo ocasional para fijar algunas imágenes del presente  que fluye

FUENTE: Los hombres de la Historia Nº 12, Fausto Codimo, Ceal, Buenos Aires, 1968.

16 de septiembre de 2017

Génesis del viaje de Cristóbal Colón

La primera pregunta que puede formularse cuando se piensa en  la génesis  del  viaje de Colón es cómo  y por  qué nació  en él la idea del viaje a las Indias navegando hacia el oeste; en qué ambiente, bajo el impulso de qué acontecimientos, en qué situación de conjunto se forjaron sus proyectos, y, finalmente, qué conocimientos científicos y qué medios técnicos hicieron posible estos viajes. Solo respondiendo a estos interrogantes, todo lo que puede parecer casual -y que, al menos en parte, fue real­mente  casual, encuentra  una  justificación y un sentido.
Ante todo, no  debemos  aislar la aventura de Colón del vasto complejo de los  anteriores descubrimientos geográficos. Cristóbal Colón tiene, evidentemente, un papel de primer plano en este movimiento desencadenante; pero no es el único  y,  separado del conjunto, no puede servir  para  explicar totalmente las causas por las cuales representó uno de los elementos más importantes de la extraordinaria expansión europea en el mundo. Sólo  si  se  abandona por un momento al protagonista y se analizan las fuerzas reales que lo encuadran se puede llegar a descubrir la relación dialéctica que siempre se establece entre el hombre agente (cualquiera sea su  dimensión) y el mundo que lo rodea. El de Colón es un mundo que busca un ordenamiento, que busca nuevas vías para salir definitivamente de la larga crisis de estructura económicas, sociales e institucionales - que, iniciada a principios del siglo XIV, se había resuelto en un período de restauración  característico de todo  el siglo xv.

Pero  es  preciso  advertir  que  aquí,  crisis no significa  golpe mortal, ruptura  irreversible,  fractura  definitiva.   La  palabra  deberá entenderse más bien en el sentido de oposición  de fuerzas  (en primer  lugar entre feudalismo, burguesía incipiente y mundo campesino)  que se encuentran  en relación de  contradicción  interna.   El resultado  final de todo esto había sido una  gran desestructurización de las clases sociales existentes, la clausura de viejas vías comerciales, el abandono de tierras cultivables  y ya cultivadas, una reducción de las disponibilidades alimenticias, un descenso del nivel  -ya modesto-  de  higiene,  que  se había  convertido  en una  serie  de epidemias (la más famosa de todas ellas fue la peste negra que duró desde 1348 a 1349) : en síntesis, Europa, en el curso del siglo  XIV  había  perdido  una  gran parte  de su población (aproximadamente la mitad) ; los sobrevivientes, en todos los niveles sociales,  estaban  apresados  por  angustias  de todo tipo.
Ya en el curso del siglo xv comienza una profunda obra de reconstrucción económica, social y política y comienzan a cicatrizar las heridas inferidas a Europa durante el siglo precedente. Desde el punto  de vista interno de la historia europea, el desarrollo de un proceso bisecular había llegado a su término y, a  fines de siglo  xv, los tiempos  se  presentaban  maduros  para el salto transatlántico.
Pero      existen también otros elementos. Desde el punto de vista externo, el afirmarse de una potencia turca  en  la  frontera oriental de la Europa católica reintroduce, por  un  lado,  un  deseo  de  cruzada, reprimido por los estrepitosos éxitos de los ejércitos musulmanes que,  en 1453, ocupan Constantinopla; por otra parte, la consolidación de este imperio, militarmente fuerte, rápidamente estructurado desde el punto de vista administrativo, significa de  hecho  el fin  de toda idea  de expansión  de  Europa hacia el este: por lo tanto ya no existe, tanto para las conquistas espirituales como para las materiales, otro camino que el de la navegación atlántica .

La primera expansión portuguesa representa maravillosamente cuanto hemos  dicho aquí: se podría  imaginar,  casi ver a Europa, sufrir los primeros escozores bajo el asalto turco y la repercusión de este, hasta alcanzar España y más aún Portugal.  Ex­tendido a lo largo del Atlántico, este último país es el que tiene más posibilidades de lanzarse al  descubrimiento de nuevos mundos.  Por  cierto, todo  esto  está  dicho  de manera quizás demasiado rápida y merecería ser expuesto y demostrado más claramente.   Pero lo innegable es que en Portugal se afirma lo que puede ser llamado sin dudas, la pre-historia de los grandes des cubrimientos. 

Resumiendo , podemos propo­ner el siguiente esquema, que será general y aproximativo pero de todas maneras vá­lido: los asaltos sucesivos y repetidos de la potencia turca contra una Europa cris­tiana ya devastada por problemas internos; repercusiones de estos asaltos por toda Eu­ropa, acompañados del renacer paradojal de una voluntad de cruzada y de la exi­gencia de encontrar en otros lados un des­ahogo a sus necesidades y a sus ambiciones de expansión espiritual y material; el pun­to extremo en el que repercuten las ondas de estos asaltos es la costa occidental de la península ibérica :Portugal, que también atraviesa por graves dificultades internas. 
Para ilustrar este esquema se podrá apelar, entre miles de pruebas, al hecho de la afluen­cia hacia Portugal de numerosas casas comerciales genovesas ya establecidas en el Levante y, por otra parte, ¿no es acaso significativo que el mismo Colón inicie su carrera marina de largo alcance en el Me­diterráneo oriental y pase después a Lis­boa?
La insistencia que  hemos puesto en este esquema no  pretende, por  cierto,  reducir la importancia de factores "internos", es­trictamente portugueses que actuaron para poner en movimiento y sostener la  expan­sión  lusitana  en  las  costas  africanas:  necesidad de oro, de colorantes, de mano de obra esclava, de zonas de pesca, de zonas para el cultivo de la caña de azúcar. Pero es indudable que estos factores internos, aunque muy importantes, fueron impulsa­dos y estimulados justamente por causas externas.
Finalmente, se podría agregar que la tipo­logía de las conquistas portuguesas traduce las contradicciones internas del país: ex­pansión de la nobleza hacia  Marruecos,  a la conquista de tierras; expansión burguesa a lo largo de todas  las costas  del África. Y, obviamente, es este último continente el que debe interesamos en ·primer  lugar: para no dar aquí un estéril conjunto de datos, recordaremos solamente que el Cabo Bojador fue alcanzado en 1434, el Cabo Blanco en 1441, el Cabo Verde  en  1444, el  Cabo de las Palmas en 1460-61, el Cabo Cata­lina en 1474-5. El reconocimiento completo de las costas ·africanas finalizará en 1488 con Bartolomé Díaz, que doblará el Cabo de Buena Esperanza.




27 de agosto de 2017

EGIPTO: Resumen y desarrollo de su historia y su cultura



Síntesis:
En la historia de la humanidad, Egipto ocupa un lugar destacadísimo. Su suelo ha sido cuna de una de las civilizaciones más antiguas del mundo, y en cierta época fue asiento del pueblo más poderoso de la tierra. Aún hoy día, los antiguos egipcios continúan maravillando al mundo por la grandio­sidad y armonía de las ruinas de sus colosales construcciones.

EL PAÍS
Egipto sería un completo desierto si no fuera por el Nilo, que lo atraviesa de sur a norte y convierte al valle por donde corre en una tierra fértilísima. Su sistema de crecientes periódicas y su abundante red de canales permite en sus orillas toda clase de cultivos. Todo Egipto vive del Nilo.
EL PUEBLO
Los egipcios pertenecen a la raza camita, de piel oscura, mezclados con tribus semitas venidas de Arabia. Su historia es la más antigua de la humanidad, ya que se remonta al año -3500.

Egipto fue gobernado por 26 Dinastías de faraones y su época más gloriosa corresponde ai Nuevo Imperio Tebano, entre los anos —1500 y — 1000. Sus principales reyes fueron Tutmés III el Conquistador, Amenofis III el Magnífico, y sobre todo Ramsés II, el más glorioso de todos.
Posteriormente Egipto entró en decadencia y hacia — 525 perdió su inde­pendencia pasando a poder de Persia, luego de Alejandro Magno y final­mente de Roma.
LA CULTURA
Fue una de las más brillantes de la antigüedad. Los egipcios se desta­caron sobre todo en Arquitectura y Escultura. Muchas de sus construccio­nes se cuentan entre las "maravillas del mundo", entre ellas, las Grandes Pirámides, los Templos de Karnak y Luksor, la Esfinge, y los Colosos, es decir, las estatuas gigantescas de sus faraones.
  Los egipcios eran politeístas. La divinidad principal era Amón, el sol, al que asociaban tríadas, como la de Osiris, Isis y Horus. Adoraban ade­más al faraón y también a varias clases de animales, entre los que des­collaba el "Buey Apis". Poseían muy desarrollado el "culto de los muer­tos", que los llevaba a embalsamar los cadáveres con una técnica muy notable.
  Su ciencia fue considerable, principalmente en astronomía y en lo referente al cálculo de sus construcciones.
  Su escritura jeroglífica es una de las más antiguas y complicadas. Hoy se la puede leer gracias al arqueólogo francés Champollion que logró descifrarla.
SU LEGADO
los egipcios no mezquinaron su cultura. Todos sus adelantos fueron transmitidos a los pueblos vecinos y por ellos han llegado a nosotros.
 DESARROLLO: 
I. El País: El Nilo
II. El Pueblo:   Períodos
 Tinita
Menfita
Tébano (antiguo)
Tébano (nuevo)
 Saíta
Dominio extranjero
III. La Cultura:   • Gobierno:   El Faraón
•  Clases Sociales
  Religión: dioses: Buey Apis
Culto a los muertos: embalsama­miento
  Artes: Arquitectura: templos
tumbas: mastabas, pi­rámides, hipogeos
Escultura: Colosos
Pintura
Ciencias: Matemáticas , Astronomía, Física , Química , Medicina
Literatura
Escritura: Jeroglíficos


I.   El País
Puede decirse que Egipto no es sino un inmenso oasis de más de 1.000 kilómetros de largo y 40 de ancho; en efecto, enclavado en el ángulo nordeste del continente africano, no sería nada más que un pedregoso desierto, continuación del Sahara y de la Arabia; sin em­bargo, el río Nilo que lo atraviesa en toda su longitud, de sur a norte, lo convierte en un fértilísimo valle.
Este río, uno de los más grandes de todos los conocidos en el mundo antiguo, tiene sus fuentes en el corazón de África, en la región de los grandes lagos Alberto y Victoria y luego de bañar toda la zona ecuatorial africana, formando numerosos saltos y cataratas, penetra en Egipto. Allí corre encajonado entre dos cadenas de montañas, la Líbica y la Arábiga: es el Alto Egipto.
Luego, al llegar el Nilo cerca de la ciudad de Menfis, se divide en 7 brazos principales formando su famoso Delta, de unos 100 km de largo y 500 de ancho: es el Bajo Egipto, región muy fértil, de clima cálido y húmedo, y surcada de innumerables canales.
Finalmente, y tras haber recorrido más de 6.500 km, el Nilo vuelca su voluminoso caudal de unos 13.000 m3 por segundo en el Mar Me­diterráneo.
Herodoto, famoso historiador griego del siglo V antes de Cristo afirmaba: "Egipto es un regalo del Nilo." En efecto, si hay vida y riquezas en este país, ello se debe al extraordinario sistema de las crecientes periódicas de su río.
Cada año, apenas comienzan las grandes lluvias del verano en el centro del África, y el deshielo en los montes de Abisinia, el Nilo co­mienza a elevar rápidamente su nivel arrastrando consigo un manto de humus y de sustancias fertilizantes formadas por restos de plantas en descomposición. Al aumentar la creciente, el Nilo se desborda y cubre todo el valle durante los meses de julio y agosto. Luego en los tres meses siguientes las aguas se van retirando poco a poco, dejando toda la región cubierta de una riquísima capa de limo negro.
Inmediatamente se procede a la siembra, y cuatro meses después se cosecha. Si la creciente ha sido muy buena, puede efectuarse una segunda siembra. Los antiguos egipcios, que ignoraban las causas de estas crecientes periódicas, creían que el Nilo bajaba del cielo a causa de sus nume­rosas cataratas y le rendían culto como si fuera dios; durante la época de la creciente se entregaban a la oración y a fiestas religiosas en reco­nocimiento de su divinidad.

ORIGEN
El origen del pueblo egipcio se remonta a la prehistoria. Probable­mente los primeros hombres llegados al valle del Nilo fueron pastores de raza canuta, de piel morena, venidos de Libia y de Numidia hacia el año -6.000.
A ellos se agregaron otras tribus camitas, de piel negra, venidos de Abisinia. Posteriormente llegaron de Arabia tribus semitas, de piel blanca. La fusión y mezcla de estas tres razas constituyó el pueblo egipcio.
Estos primeros habitantes eran nómadas, y vivían agrupados en clanes, es decir, grupos de personas descendientes de un mismo ante­pasado. Una vez radicados definitivamente a orillas del Nilo, y ante la necesidad de organizarse para el mejor aprovechamiento del río, se reunieron varios clanes vecinos constituyendo principados indepen­dientes llamados "nomos". Estos pequeños Estados fueron confederán­dose a su vez, y se formaron así los dos reinos del Alto y del Bajo Egipto. Posteriormente, con la unificación de ambos reinos, comienza la historia de Egipto, la cual se desarrolla en los siguientes períodos:

 Imperio TINITA. El autor de esta unificación es el caudillo mili­tar Menes. Hacia el año — 3.500 se proclama Faraón de todo el Egipto y se corona con el Pchent, combinación formada con la corona blanca del Sur, y la roja del Norte. Establece la capital del país en Tinis y da comienzo a la 1ª dinastía. Durante su reinado y el de sus sucesores, Egipto consolida su unidad y se organiza políticamente.

Imperio MENFITA. Hacia el año 3.000, el faraón Zezer funda­dor de la 3ª dinastía, traslada la capital a Menfis y da comienzo a un período de gran esplendor. El poderío de Egipto comienza a ex­pandirse hacia los países vecinos. Es también la época de las construc­ciones monumentales: los monarcas de la 4ª dinastía, Keops, Kefrén y Micerinos perpetúan su memoria con la construcción de las Grandes Pirámides y la Esfinge de Gizeh.
Con todo, con los faraones de la 9ª y 10ª dinastías sobrevienen las primeras invasiones extranjeras de tribus libias, provocando un pe­ríodo de anarquía militar.

Antiguo Imperio TEBANO. Ante la naciente decadencia, príncipes tebanos se sublevan, y hacia el año —2.100, logran apropiarse del poder. Trasladan la capital a Tebas y dan comienzo a un período de reorganización y fortalecimiento bajo los faraones de las dinas­tías 11ª y 17ª.
Así, el faraón Amenemat III manda cavar el lago artificial Meris, y ordena la construcción del Laberinto, de los Colosos de Memnón y del Serapcum. Lamentablemente este progreso fue detenido por un grave acontecimiento.

Hacia el año —1700 un conglomerado de feroces guerreros avanza desde el Asia Menor y sojuzga a Egipto por 200 años. Los egipcios los denominaron despectivamente "hicsos", es decir, reyes pastores, por su primitiva condición de nómadas. Eran tribus semitas provenientes de la Mesopotamia, y expulsados de allí por las gigantescas invasiones arias del 2º milenio antes de Cristo. Traían consigo caballos y armas de hierro, y con estos elementos des­conocidos hasta entonces en Egipto, pronto dominaron todo el país. Las inscripciones egipcias, aún nos hablan de su rapiña y ferocidad.  Durante el dominio de los hicsos se establecieron en Egipto nume­rosas tribus extranjeras, y entre ellas llegan Jacob con sus hijos —se­mitas ellos también—, los cuales al poco tiempo constituirán la prolífica nación hebrea.
Nuevo Imperio TEBANO. La nobleza egipcia que había sopor­tado de mala gana el dominio de los hicsos promovió una sublevación sangrienta. Hacia el año -1.500, príncipes tebanos logran expulsar a los invasores e inician el período de mayor esplendor y predominio egipcio. Durante 4 siglos Egipto será el país más poderoso del mundo. Entre todos los faraones de las tres únicas dinastías que se suceden en el trono durante esta etapa, merecen destacarse:
Tutmés 1: expulsa definitivamente a los hicsos y lleva las fronteras de Egipto hasta la Siria.
Hachepsut: su hija, gobernó el país durante 20 años con mano de hierro. A ella se debe igualmente la construcción de grandiosos templos.
Tutmés III: su esposo y sucesor. Se lo ha apodado el "Napoleón egipcio". Emprendió 17 campañas extendiendo su dominio hasta el Éufrates, y por el sur hasta Abisinia.
Amenofis IV, "el Magnífico": monarca refinado, amante de las fastuosas obras. A él se deben maravillosas construcciones de Lucor y Kamaks. Durante su gobierno el culto a Amón logra el apogeo de la opulencia.
Amenofis IV: disgustado por los excesos religiosos anteriores prohíbe la adoración de los ídolos. Aconsejado por su esposa la reina Nefertiti, im­planta en Egipto el monoteísmo, con la adoración a Atón, el dios sol. Por sus ideas espiritualistas se lo ha considerado "el genio más notable entre los orientales".
Tutankomón: su yerno y sucesor, joven de 22 años, destruyó la obra de su suegro restableciendo los antiguos cultos. Se ha hecho célebre por ha­berse hallado intacto su sarcófago rodeado de innumerables riquezas, en el año 1922.
Ramsés II: fue el más glorioso de todos los faraones. Reinó 67 años y bajo su mando Egipto logró el más alto apogeo de su historia. Todos los países del Cercano Oriente y del Este africano eran sus aliados o le rendían vasallaje. No hay ciudad en el país que no posea monumentos en memoria de sus victorias. Sin embargo, se supone que no le pertenecen todas las obras que se le atribuyen, sino que deben repartirse con varios otros reyes an­teriores. A su muerte, sus sucesores denominados "los ramesidas" no logran con­servar el gran poderío alcanzado.

Imperio SAITA: decadencia y dominación extranjera. La gran pros­peridad alcanzada por Egipto le atrajo numerosas expediciones de pue­blos vecinos ávidos de conquista. Primeramente fueron los aqueos y otros pueblos del Asia Menor a los que se llamaba "Pueblos del Mar". Ramsés III logró finalmente re­chazarlos pero a costa de grandes pérdidas.
Poco después se desata la anarquía entre los jefes militares y los etíopes penetran por el sur del país apoderándose de una parte del territorio. Aprovechando este desorden, Asaradón, rey de Asiría, logra invadir y dominar todo Egipto. Poco después, el faraón Psamético I consigue expulsar a los asirios e inicia un último y corto período de esplendor. Su hijo Necao II continuó su obra, y relacionándose con griegos y fenicios, dio un gran impulso al comercio.
Además, comenzó la construcción de un canal que debía unir el Nilo con el Mar Rojo; en la ejecución de esta obra, marinos fenicios par­tiendo del Mar Rojo llegaron a la desembocadura del Nilo, luego de costear todo el continente africano. Sin embargo, no logró este joven fa­raón mantener el poderío egipcio. En el año — 605 Nabucodònosor, rey de Babilonia, lo derrota y se apodera de una parte del país.
Finalmente, bajo el faraón Psamético III, los persas, al mando de Cambises, hijo del gran rey Ciro, concluyeron con la independencia de Egipto, en el año — 525.
Durante más de dos siglos Egipto perteneció a Persia. En el año — 333, Alejandro Magno penetra en el Valle del Nilo, anexa el país a su imperio, y funda Alejandría, su nueva capital.
A su muerte, uno de sus lugartenientes el general Ptolomeo, inicia su célebre dinastía, durante la cual Alejandría se convirtió en el centro de la cultura de todo el Oriente. El faraón Ptolomeo XIII interviene en las luchas civiles de Roma, y al declararse enemigo de Julio César, es destituido y reemplazado por su hermana Cleopatra. Casada poco después esta reina con Antonio, el héroe romano, entran en conflicto con Octavio Augusto, quien los derrota en el año — 30 en la célebre batalla de Accio. Desde entonces Egipto se convirtió definitivamente en Provincia Romana.

III.   La Cultura

En medio de todas las vicisitudes de su historia, Egipto sufrió las inevitables consecuencias del dominio de los extranjeros. Pero ellos, a su vez, recibieron con agrado el influjo de la gran civilización egip­cia. Los sucesivos conquistadores del Nilo —asirios, persas, griegos y romanos— asimilaron sus adelantos, principalmente científicos, incor­porándolos a sus respectivas culturas.

Gobierno:
El régimen de gobierno egipcio era Monárquico: el rey se llamaba "Faraón" (Gran Señor) y su poder era hereditario.
 Teocrático: era considerado dios, hijo y encarnación de Rha, el dios sol. Tanto en vida como a su muerte, se le rendían honores divinos. Una muy numerosa e influyente casta sacerdotal rodeaba al faraón y lo asesoraba en sus funciones religiosas y de gobierno.
Absoluto: El faraón detentaba la suma autoridad. Todos los funcionarios del país no eran sino sus representantes y ciegos ejecutores de sus órdenes. La vida del faraón transcurría en un suntuoso palacio rodeado de una numerosísima corte y llevando una existencia totalmente regida por un severo ceremonial. En los días de mayor solemnidad se mostraba al pueblo en medio de su más brillante pompa.

­ Justicia:
Era ejercida en nombre del faraón por un Supremo Tribunal de 30 sacerdotes jefes de las comunidades religiosas de Tebas y Menfis y de acuerdo a códigos secretos, sólo conocidos de los jueces. Las sen­tencias, en general justas y benignas, consistían en multas, prisión, azotes, amputaciones y hasta pena de muerte. Los principales delitos per­seguidos eran el homicidio, la calumnia, la falsificación y el adulterio. Las leyes contra los ladrones eran muy benignas, y por temor a la venganza de los bandidos y violadores de tumbas, sólo se pronunciaba contra estos últimos, sentencia de castigos morales.

Clases sociales:
Aunque en Egipto no existían las castas que encontramos en otros pueblos, había con todo, grandes diferencias sociales. Una minoría de la población constituía la Clase alta, la cual estaba compuesta de:
Nobles, emparentados con los faraones y gobernantes.
Sacerdotes, de gran prestigio y autoridad, pues poseían los secretos de la ciencia, y eran además los administradores de las inmensas ri­quezas de los templos. En ciertas épocas se constituyeron en los ver­daderos gobernantes del país.
 Militares: aunque los egipcios carecían de espíritu guerrero, de­bieron organizar y mantener potentes ejércitos para defenderse de los vecinos. Los jefes del ejército participaban de todos los privilegios de los nobles.
Escribas: constituían una muy importante categoría de funciona­rios. Como conocían los secretos de la escritura, eran los agentes indispensables para asegurar el trabajo del pueblo: ejercían el comercio, cobraban los impuestos, vigilaban las construcciones y en general es­taban al frente de toda la vida del país. Las pinturas nos representan a los escribas casi siempre ayudados en sus funciones por una turba de esclavos negros armados de látigos y azotes.
La Clase Inferior estaba compuesta por los artesanos, mercaderes y pastores. Una categoría aún más baja la formaban los esclavos; casi un tercio de la población componían esta clase, por ser extranjeros, o prisioneros, o en castigo de deudas.

Caracteres populares:
Las pinturas murales nos indican que los antiguos egipcios eran altos, esbeltos, de hombros anchos y miembros finos y largos. La ex­presión de su fisonomía dulce y bondadosa nos revela su carácter pací­fico y muy inclinados a la religiosidad y a la vida hogareña.
Sus costumbres eran sencillas y frugales. Los hombres de elevada condición vestían una túnica de lino de anchas mangas y con orlas teñidas. El pueblo se contentaba con una tela ceñida a la cintura y que llegaba hasta la rodilla. Las mujeres usaban largas faldas estrechas y sostenidas con breteles. Tanto los hombres como las mujeres se pin­taban los párpados y contornos de los ojos con antimonio para evitar la irritación producida por la excesiva reverberación solar.


Religión:
En sus comienzos el pueblo egipcio fue monoteísta, es decir ado­rador de un dios único. Al mismo tiempo, cada "nomo" reverenciaba un animal o una planta, que venía a ser el emblema de la tribu y por medio del cual se creían ligados a la divinidad. Pero con el transcurso del tiempo el pueblo fue adorando estos emblemas o "totems", de modo que a principios del Imperio Tinita, en Egipto reinaba el más grosero politeísmo: leones, cocodrilos, bueyes, gavilanes, gatos, chaca­les, escarabajos, y hasta ciertas hortalizas fueron adorados y conside­rados como encarnaciones de la divinidad. Así Herodoto pudo afirmar que los egipcios eran el pueblo más religioso del mundo. "Hasta en sus huertos y granjas les nacen dioses", afirmaba con ironía.
Entre todos estos dioses, el más popular y de culto más extendido, fue sin duda alguna el Buey Apis, a quien se suponía encarnación de Osiris. Para poder ser elegido, este buey debía ser negro, con ciertas man­chas blancas en la cabeza, en el lomo y en la lengua, semejantes a es­carabajos o alas de águila. Cuando aparecía un animal con estas carac­terísticas, todo Egipto vibraba de entusiasmo: era Osiris que bajaba a la tierra a proteger a su pueblo. Se trasladaba al buey en una barca dorada, y se lo instalaba en el Templo Nacional de Menfis, rodeado de una brillantísima corte de sacerdotes. En los días más solemnes se lo exponía a la veneración pública, y de todo Egipto acudía el pueblo a rendirle adoración. El Buey Apis no podía pasar de los 25 años. Llegado a esa edad, era ahogado con perfumes en una fuente sagrada. Luego se lo embalsamaba y se lo sepultaba en el "Serapeum" o tumba de los dioses. A partir de entonces, todo Egipto quedaba sumido en luto hasta la aparición de otro Buey Apis.
Las clases superiores egipcias continuaron siempre siendo mono­teístas. Adoraban a un Ser Supremo, el Sol, creador de todas las cosas, y que recibía distintos nombres según la ciudad: Amón, Rha y Ptah, en Abidos, Menfis y Tebas, respectivamente. Pero para el pueblo, eran dioses distintos y hasta rivales. La creencia popular los imaginaba vi­viendo en familia, con una mujer y un hijo, formando así las "tríadas" o trinidades de dioses.
En Tebas, esta trinidad estaba formada por Amón, Muth y Chons.
En Menfis, se llamaba Ptah, Seket e Imuthes.
En Abidos, la formaban Osiris, Isis y Horus.
Esta última trinidad fue la más popular y su culto se extendió por todo Egipto.

Mito de Osiris. Cuentan las antiguas leyendas que Osiris, sabio rey de Egipto, fue asesinado por su hermano Scth, rey de las Tinieblas. Isis, esposa de Osiris, logra recoger sus restos, llora copiosamente sobre ellos y encarga a su hijo Horus que vengue su muerte. Tras un rudo combate, Scth es derrotado y encadenado en el desierto, mientras Osiris resucita y recobra el poder de manos de su hijo.
En este mito, Osiris personifica al Sol que cada día es vencido por Seth, el dios de la noche. Isis es la diosa del Nilo y con sus llantos provoca las crecientes periódicas. Horus es el Amanecer que vence a la Noche y sólo se inclina ante el Sol, su padre. Esta leyenda que proporcionaba a los egipcios una explicación mítica sobre la sucesión de los días y de las noches, así como a las periódicas crecientes del Nilo, era recordada anualmente en todo el país con solemnísimas fiestas.
Culto a los Muertos. Los egipcios creían en la inmortalidad del alma como en la eternidad de las recompensas y castigos de la otra vida. Creían que el alma, apenas salida del cuerpo se presentaba ante Osiris y su Tribunal integrado por 42 jueces, y allí rendía un examen sobre su vida, de acuerdo a un formulario contenido en el "Libro de los Muertos". En caso de aprobar su examen, viviría eternamente junto al dios. En caso contrario sufriría tormentos eternos.
Por ello todo egipcio se preocupaba por aprender de memoria su defensa ante el Supremo Tribunal: las fórmulas sagradas eran deposi­tadas junto al cadáver, e incluso se las recordaba leyéndoselas al oído durante los funerales.
Pero al mismo tiempo creían que el alma sólo podía descansar en paz si el cuerpo se conservaba en la sepultura. De modo que para evitar la destrucción de los cadáveres, procedían a su embalsamamiento.
Por ello adquirieron los egipcios una gran pericia y maestría, y sus secretos aún nos son desconocidos. Los embalsamadores formaban una clase social separada de las demás, ya que se los consideraba impuros, aunque sus servicios eran necesarios.
Los embalsamamientos eran de diversas clases, según la fortuna de los interesados. Los más costosos consistían en la extracción del cerebro mediante ganchos que se introducían por la nariz; las vísceras eran quitadas mediante cortes practicados en el abdomen. Luego se relle­naban el cráneo y el vientre con sustancias aromáticas de composición secreta, se practicaban las costuras necesarias y se colocaba el cadá­ver en sal durante 60 días. A continuación y ya casi momificado, se lo lavaba y fajaba con telas engomadas y se lo depositaba en un doble ataúd de madera ricamente adornado con pinturas y jeroglíficos y en cuya superficie se reproducía la cara del difunto. Así era entregada a la familia para proceder a su sepelio.
Este método de embalsamamiento, así como también otros menos caros y más simples, han sido muy eficaces para conservar hasta nues­tros días las numerosas momias egipcias que se hallan expuestas en los diversos museos del mundo.

Arte.
A pesar de las múltiples variaciones y continuos enriquecimientos registrados en el transcurso de los siglos, puede afirmarse que algunas características del arte egipcio han permanecido inmutables. Entre ellas, la afición al empleo de las grandes masas y de las proporciones gigantescas, el predominio de la línea recta y la maravillosa solidez de sus construcciones.
• Arquitectura. — Las más grandiosas y monumentales construcciones del mundo antiguo se hallan en Egipto. Entre ellas son dignos de mención sus monumentos Funerarios y sus Templos.
Tumbas: Al principio, los egipcios enterraban sus difuntos en la arena, en sencillos féretros de madera. Como ello no era suficiente para lograr la conservación de los cadáveres, fueron protegiéndolos con edificios cada vez más grandiosos, entre los cuales se destacaban:
Las mastabas: Simples construcciones de forma rectangular, hechas con piedra lisa y sin mayores adornos. En un rincón de la misma se hallaba una lápida grabada, la que cerraba la boca de un profundo pozo lleno de piedras y de arena. En su fondo se encontraba la cámara funeraria-, con el ataúd, rodeado de diversos objetos.

Las pirámides: Como las mastabas no protegían a los difuntos de la codicia de los bandidos, los egipcios idearon construcciones cada vez más grandiosas y seguras. Así construyeron las pirámides, de las que aún se conservan más de un centenar. Algunas entre ellas nos ma­ravillan por su grandiosidad y han sido consideradas siempre como el prototipo de las más gigantescas obras humanas. Entre todas, sobre­salen las construidas por los faraones de la 4ª dinastía: la Gran Pirá­mide, de Keops, de 150 metros de altura; la de Kefrén, de 135, y la de Micerinos, de 65.
La Gran Pirámide tardó 30 años en construirse, y durante todo ese tiempo trabajaron en ella más de 100.000 hombres, reclutados entre los esclavos y los prisioneros de guerra. Las canteras de Arabia y de Libia proveyeron la abundante piedra: más de dos millones y medio de metros cúbicos.
Sus aristas están perfectamente orientadas hacia los puntos cardi­nales y de acuerdo a ciertas fórmulas cosmográficas, lo que hace supo­ner que al mismo tiempo que tumba, la Pirámide servía de observa­torio astronómico. En su interior hay un verdadero laberinto de cá­maras y galerías, muchas de ellas construidas para desorientar a los ladrones; y todas, ricamente adornadas con pinturas y obras de arte.

Los hipogeos: Tampoco las pirámides protegieron del asalto de los ladrones los restos de los faraones. Por ello, a partir de la 6ª dinastía se comenzó la construcción de tumbas subterráneas (hipogeos), exca­vadas en las laderas de las montañas y en lugares de difícil acceso. Eran inmensas galerías —algunas de más de 100 metros— abiertas en la roca y que conducían a suntuosas cámaras fúnebres, sostenidas por columnas, e igualmente recubiertas de pinturas y bajorrelieves con esce­nas de la vida del difunto. En las numerosas antesalas que las precedían se depositaban las provisiones y objetos de valor. Luego se disi­mulaba y tapiaba la entrada de la tumba con grandes rocas.
Un interesantísimo conjunto de hipogeos construidos por los faraones de la 18ª dinastía fueron descubiertos recientemente en las montañas cercanas de Tebas, en el lugar llamado desde entonces "Valle de los Reyes". Entre ellos, se ha hecho famoso el hipogeo de Tutankamón, por haber sido encontrado casi intacto en 1922, por el arqueólogo Howard Cárter.
Templos: Son igualmente famosos por su solidez y dimensiones, así como por la perfecta armonía de sus líneas. Todas las ciudades egipcias poseían sus templos; pero los más famosos son los de Luksor y Karnac, construidos en las afueras de Tebas, en honor de Amónj y enriquecidos espléndidamente por todos los faraones.
La distribución de los templos egipcios era, en general, muy pare­cida: se llegaba a ellos por una amplia avenida bordeada de esfinges, es decir, de estatuas de animales con cabeza de hombres. Al término de la avenida estaba la entrada, formada por dos grandes torreones en forma de pirámide truncada y paredes totalmente cubiertas de ins­cripciones y jeroglíficos. Junto a estos baluartes, a ambos lados de la puerta, solía haber dos estatuas colosales del faraón constructor del templo, así como también dos obeliscos de una sola pieza y totalmente grabados.
Franqueada la entrada se llegaba a un patio interior rodeado por galerías cubiertas con tejado sostenido por columnas. A continuación estaba el templo propiamente dicho y que comprendía:
La Sala Hipóstila: Amplísima cámara dividida en varias naves por hileras de gruesas columnas. La parte central del techo era de ma­yor altura que las laterales.
La Sala de la Aparición: Allí se realizaban las ceremonias del culto, y a ella sólo tenían acceso los nobles y personajes de la corte.
La Sala del Misterio: Era el santuario, o morada del dios, y donde se guardaba su estatua y los tesoros que se le habían obsequiado. En esta cámara sólo penetraban el faraón y los sacerdotes encargados del servicio del ídolo.
Los templos egipcios y, en general, todas sus construcciones son verdaderas páginas de historia; en sus paredes y columnas se hallan grabados en jeroglíficos los principales episodios de la vida del país.

- Escultura. — Gozó de las mismas cualidades características que la Arquitectura: gigantescas proporciones y extraordinaria consistencia. Tuvo también sus mismos defectos: formas rígidas, carentes de ex­presividad y .de soltura de miembros. Sin mayores detalles y total­mente simétricas.
En los bajorrelieves los artistas no aplican las leyes de la pers­pectiva para la distribución de los planos y representan, de un modo simplísimo, de frente el cuerpo y de perfil los miembros y la cara. Entre los más notables aciertos de la escultura egipcia se halla la famosa estatua del Escriba sentado del Museo del Louvre de París, y el busto policromo de la reina Nefertiti, en el Museo de Berlín.

Mención especial merecen los Colosos egipcios, o sea las gigan­tescas estatuas de los faraones hechas en piedra a la entrada de los templos. Entre éstos son dignos de mención los numerosos Colosos de Ramsés II, los de Amenemat III, llamados de Memnón, y la Es­finge de Gizeh. Esta última, no lejos de las Grandes Pirámides, mide más de 30 metros de largo y 20 de altura. Entre sus patas delanteras se ha descubierto la entrada secreta que la comunica con un cemen­terio vecino.

Pintura. — Al igual que la escultura, sirvió como complemento de la arquitectura para decorar las paredes de los templos y palacios. El dibujo es simple y detallista en exceso; los colores vivos y sin matices.
La carencia de perspectiva y su inalterable simetría son sus carac­terísticas más notables. Los temas desarrollados suelen ser religiosos o bien escenas de la vida diaria.
Ciencia egipcia:
Más aún que por sus artistas, los egipcios tuvieron merecida fama en el mundo antiguo por el caudal de sus conocimientos científicos. Las clases dirigentes, y principalmente la casta sacerdotal, sobresalieron en el cultivo de:
Matemáticas: base de los cálculos necesarios para sus monumentales construcciones. Según se desprende de antiquísimos papiros poseían una especie de álgebra con la que obtenían las fórmulas geométricas de superficies y volúmenes.
    Astronomía: dividían el año en 12 meses iguales, a los que agre­gaban 5 días libres. Estudiaron y dieron los nombres a los planetas y a las estrellas visibles.
    Física: desarrollaron, con notable éxito, un sistema de hidráulica necesario para la canalización y regulación de las aguas del Nilo.
Química: con fórmulas propias y secretas, obtuvieron esmaltes y colores que se mantienen inalterables hasta nuestros días; así como también las sustancias necesarias para el embalsamamiento de los ca­dáveres.
Medicina: a cargo exclusivo de los sacerdotes, estaba íntimamente relacionada con la magia y la hechicería.

Literatura
Los numerosos papiros hallados en las tumbas y entre las ruinas de los palacios nos dicen que la mayor parte de la literatura egipcia tuvo principalmente carácter religioso; narraciones morales, tradiciones mi­tológicas y relatos históricos deformados por exageraciones y leyendas. Sobresalen entre todos, los Himnos celebrando las victorias de Tutmés III, y las conquistas de Ramsés II, así como el Poema de la coronación de la reina Hachesupt. También son notables las plegarias fúnebres en honor de Osiris, y que constituyen el "Perenru" o Libro de los Muertos.
Como para muchas otras cosas, el Nilo proporcionaba a los egipcios el material necesario para su escritura. Encolando y prensando las capas desplegadas de una caña muy abundante en el río, fabricaban los "pa­piros" y sobre ellos escribían con punzones de madera empleando tintas de varios colores y que aún en nuestros días —luego de 4.000 años-guardan todo su brillo.
Fueron los creadores de un sistema de escritura sumamente original; escribían de derecha a izquierda, dibujando pequeños signos con las siluetas de los objetos a los que se referían. Estos signos, ejecutados con gran habilidad, eran denominados "jeroglíficos" (hieros, sagrado; glyfos, signos), ya que por su gran complejidad se los empleaba pre­ferentemente en las inscripciones de los templos y tumbas.
En los papiros, en cambio, se solía emplear otro sistema de escri­tura, la "hierática", que no era otra que los mismos jeroglíficos pero de trazos más simplificados. Finalmente, a partir de la 20ª dinastía, los signos se simplificaron aún más, formándose la escritura "demótica" o popular, así llamada por emplearse principalmente para los usos de la vida diaria.
De modo que estos sistemas no eran tres escrituras diferentes, sino los mismos jeroglíficos pero con trazos más o menos simplificados.
La escritura egipcia fue durante muchos siglos uno de los grandes secretos de la Historia. Pero en el año 1800, los arqueólogos franceses agregados a la Expedición de Napoleón a Egipto hallaron en las pro­ximidades de Rosetta una piedra de granito con inscripciones en jero­glífico, en escritura demótica y en griego. Llevada la piedra a Francia, y tras ingentes esfuerzos, el joven arqueólogo Champollion logró des­cifrar la inscripción y establecer definitivamente la clave de los jero­glíficos. Con ello nació la "egiptología", una nueva rama de la Historia. A él y a sus continuadores: Máspero, Mariette, de Rouge y muchos más, debemos todo lo que el mundo conoce sobre la fascinante cultura desarrollada a orillas del Nilo en los albores de la civilización humana.

Fuente: Historia antigua y medieval, Ed.Stella, Bs.As., 1965


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